Junto al retablo de la Virgen del Carmen, en el muro de la nave de la Epístola, podemos ver este retablo barroco de mediados del siglo XVII dedicado a Santa Ana y la virgen niña.
¿Acaso mentía el gran Silvio Fernández cuando decía que "Sevilla no tiene que demostrar que es la ciudad más bonita del mundo"? Así es Sevilla, un lugar que enamora por sus rincones únicos, piedras antiguas y cantes hondos que se mezclan entre históricos palacios reales y soleadas alamedas, una ciudad que se mece sobre las plateadas aguas del Guadalquivir y es acunada por un cielo tan luminosamente azul que merece escribirle los versos más bellos del mundo.
Junto al retablo de la Virgen del Carmen, en el muro de la nave de la Epístola, podemos ver este retablo barroco de mediados del siglo XVII dedicado a Santa Ana y la virgen niña.
La capilla del Cristo de la Exaltación es un espacio de gran belleza y solemnidad dentro del templo. Su arquitectura presenta elementos barrocos y neoclásicos, con una cuidada decoración que resalta el protagonismo de las imágenes titulares.
El retablo neoclásico del siglo XVIII se compone de banco, cuerpo y ático. El ático corona el retablo con un lienzo del Calvario, en el que a Jesús lo acompañan la Virgen María y San Juan Evangelista.
El cuerpo principal del retablo está presidido por la imagen de Santa Lucía, situada en una hornacina central. Esta talla, atribuida a Francisco Ruiz Gijón, es una muestra del virtuosismo del escultor en la representación de figuras religiosas. A ambos lados de la hornacina central hay sendos lienzos con escenas de la vida de la santa, lienzos del siglo XVII, misma época del retablo.
La santa se presenta de pie, portando sus atributos característicos: aureola de santidad, la espada del martirio, símbolo de su fidelidad y sacrificio por la fe cristiana, la palma del triunfo y el plato con sus ojos, referencia a la leyenda que narra cómo le fueron arrancados los ojos durante su martirio, convirtiéndose en protectora de la vista.
Continua en La Iglesia de Santa Catalina (15): el lienzo de la Exaltación de la Eucaristía.
La urna del Niño Jesús en la nave de la Epístola.
Continua en La Iglesia de Santa Catalina (14): el Retablo de Santa Lucía.
Se trata de un retablo estructurado con banco, un único cuerpo y un ático, cuyas dimensiones son 7,50 x 2,24 x 1,10 metros. Fue elaborado en el siglo XIX y sigue la disposición clásica del retablismo de la época.
En el cuerpo principal, destacan columnas jónicas con el tercio inferior estriado, las cuales enmarcan una amplia hornacina de medio punto. En su interior, se encuentra un notable conjunto escultórico de San Cayetano y la Virgen, atribuido a Cristóbal Ramos y realizado en el último cuarto del siglo XVIII. La escena representa el instante en el que San Cayetano recibe la aparición de la Virgen, un pasaje de gran carga simbólica dentro de la iconografía del santo.
La imagen de la Virgen María se sitúa sobre un trono de nubes, acompañado por tres querubines y dos ángeles. En actitud maternal, la Virgen se inclina hacia San Cayetano y le ofrece al Niño Jesús. Su vestimenta es rica en detalles: una túnica roja, ajustada en la cintura y decorada con motivos florales estofados, y un manto azul, el cual recoge sobre su pecho mediante un nudo o botón. Además, porta un velo sobre la cabeza y una aureola de estrellas.
Por su parte, la escultura de San Cayetano lo muestra arrodillado sobre una nube, con la mirada elevada y los brazos abiertos en actitud de recogimiento. En sus manos sostiene un paño, con el que se dispone a recibir y envolver al Niño Jesús, reflejando el momento de la entrega divina.
La hornacina que alberga la escena está protegida por un cristal y en las enjutas del arco aparece decoración ornamental. En la base de la misma se encuentra una cartela mixtilínea con una inscripción en latín, cuya función es resaltar la importancia de la escena representada.