martes, 14 de junio de 2016

El Palacio de los Marchelina.




Situada en el barrio de San Bartolomé, la casa que ocupa número 18 de la calle Conde de Ibarra de Sevilla, es un claro ejemplo de la arquitectura señorial sevillana, que evolucionó de lo bajomedieval a lo barroco, de los gustos decimonónicos a la adaptación para uso administrativo con criterios actuales. La calle en la que se ubica la casa, hoy Conde de Ibarra, recibió el nombre en el siglo XV de Toqueros, por instalarse en ella artesanos textiles que hacían tocas.

Apoyada su fachada sobre la antigua muralla judía, la estructura de la vivienda rememora las típicas casas romanas y musulmanas, donde los patios y jardines cobran protagonismo y nos conducen simbólicamente al Olimpo romano, edén cristiano y paraíso musulmán. Estos espacios abiertos han perdurado a lo largo del tiempo adaptándose a las nuevas necesidades. Las primeras referencias documentadas sobre su ocupación nos llevan al embargo de los bienes de la minoría religiosa judía expulsada del barrio de San Bartolomé y de su donación, por Enrique III, al justicia mayor Diego López de Zúñiga, quién fuera a su vez propietario del vecino Palacio de Altamira.


En la segunda mitad del siglo XV vuelve a ser donada al bachiller Fernando Díaz de Córdova, cuyos hijos la venderían en 1483 a Pedro Manuel de Lando, hijo ilegítimo de una familia sevillana de la nobleza, regidor del cabildo desde 1474, quién fue beneficiado por los Reyes Católicos por sus frecuentes y leales apoyos a la corona. En 1502 pasó a manos de la familia de los Alcocer, contratistas de transporte de mercancías y esclavos a las Indias. Descendientes de estos últimos ocuparon la vivienda durante los siglos XVI y VII y será en las últimas décadas del siglo XVIII cuando recaiga en la familia de hidalgos de Santa Marina.

En el último tercio del siglo XVIII constatamos el estado semiruinoso en el que se encontraba la vivienda, por lo que el cabildo municipal exhorta a su rehabilitación o venta forzosa a quien pueda realizar su reconstrucción. La situación provoca su venta por subasta, siendo adquirida por Don Francisco Keyser, comerciante flamenco de Gante establecido en Sevilla.


A partir de este momento, la casa cobra especial esplendor, dotándose de la fisonomía que hoy reconocemos, modificando incluso parte de su exterior al retranquearse uno de sus ángulos de fachada para, remediando su estrechez, facilitar el paso de carruajes. Asimismo, el comerciante flamenco intentó que su parte trasera —con salida a la calle que aún hoy se denomina Levíes y en la que existió una callejuela que fue siempre motivo de queja por favorecer el refugio de indigentes y maleantes— fuese parte de la vivienda, a la vez que permitiera el acceso privado de carruajes, para lo cual instó en varias ocasiones al Cabildo a fin de proponer el nuevo uso recibiendo siempre la negativa de éste. Este periodo de modificaciones finaliza con el siglo al perder la familia Keyser la propiedad por un embargo judicial achacado a las gestiones efectuadas por un socio del comerciante con quién había contraído una gran deuda.

A lo largo del siglo XIX se suceden las ventas y cesiones temporales con sus consecuentes cambios de residentes, hasta que en 1854 la casa es comprada por la familia Romero, militares de alta graduación participantes en las guerras de independencia y de emancipación de las colonias españolas.

La viuda del insigne militar la legará a sus nietos, siendo, de entre ellos, Cecilia quién mantendría la propiedad hasta principios del siglo XX traspasándola a sus hijos, que la habitarán hasta 1934.


A partir de 1937 la vivienda es utilizada como escuela católica gratuita, morada de familias nobiliarias y, a partir de 1940, taller de impresión de un empresario coruñés. Con posterioridad sería propiedad y sede comercial de Industrias Farmacéuticas Miguel Ybarra, quién fuera alcalde de la ciudad entre 1940 y 1943. Pequeño burgués representante de una emergente industria autárquica que instalaría en la propia casa su laboratorio y almacén hasta que, a finales de los años sesenta, desapareciera la empresa.

De nuevo la herencia y el reparto abocaron a esta finca a cambiar de dueños, quedando en 1969 en manos de las Carmelitas Descalzas de San José de Dos Hermanas, siendo hipotecada por éstas como recurso económico en 1977.

La finca, como sucederá en muchas de la casas señoriales de los alrededores, sufre a partir de ese momento las consecuencias del abandono y la degradación, quedando prácticamente en estado ruinoso. Durante este periodo es adquirida por un grupo inmobiliario que pretende unificar varias propiedades para convertirlas en garajes y viviendas —en la que nos ocupa se llegó a construir parte de un sótano en la zona trasera— sin que la gestión llegara a producirse. El P.G.O.U. de Sevilla de 1985 la declaraba como casa-palacio, sugiriéndose la expropiación para evitar su deterioro.

Del inmueble podemos destacar en primer lugar su fachada, dividida en tres cuerpos y donde la restauración ha sido más intensa integrándose los restos hallado, de dibujos clásicos y líneas avitoladas. El apilastrado de la misma y parte de su rejería nos muestra su aspecto más rico. La planta baja, la puerta principal, centrada, de gran tamaño coronada con blasón, que da acceso al zaguán. El segundo cuerpo se encuentra estructurado con amplios ventanales y balcón con tejaroz. La última planta presenta una serie de ventanales con tejado a dos aguas, posiblemente destinado a almacén.