viernes, 14 de marzo de 2025

La Iglesia de Santa Catalina (10): el Retablo de la Virgen de la Salette.

 


Sobre el muro del Evangelio y entre la Capilla Sacramental y la puerta exterior nos encontramos con un retablo relativamente moderno, se trata del Retablo de la Virgen de la Salette, una pintura de esta devoción que fue introducida en Sevilla en el siglo XIX, tras la aparición de la Virgen a unos pastores en este pueblo de Francia. La aparición fue en el siglo XIX, sin embargo en un letrero informativo junto al retablo se habla del siglo XVIII lo que puede indicarnos que el retablo en sí pueda ser anterior  y después se le adaptase la pintura de la Virgen junto a los dos niños franceses. Esto sólo es una suposición sin ningún dato real que pueda apoyarla. Si algún amable lector conociera la realidad le agradeceríamos que nos iluminase.

Esta es la historia de la aparición divina.

Nuestra Señora de La Salette, también conocida como la Virgen de la Salette o la Saleta, es una advocación mariana bajo la cual los fieles católicos veneran a la Virgen María tras su aparición a dos niños en el pueblo de La Salette-Fallavaux, en la región de Isère, Francia. Este acontecimiento tuvo lugar el 19 de septiembre de 1846 y dio origen a la construcción de un santuario en el sitio donde ocurrió la manifestación.

Los protagonistas de esta aparición fueron Mélanie Calvat, de 15 años, y Maximino Giraud, de 11 años, dos jóvenes pastores que aseguraron haber visto, en la tarde de aquel día, a una “Bella Dama” envuelta en un resplandor más brillante que el sol. La visión se presentó primero en actitud de profundo dolor, con el rostro entre las manos y lágrimas en los ojos. Luego, la Virgen se levantó y les habló en francés y en patois, el dialecto occitano que los niños entendían.

El mensaje que transmitió estaba centrado en la preocupación por la impiedad que dominaba la sociedad de la época. Con tristeza, les advirtió sobre dos pecados particularmente graves: la blasfemia y el incumplimiento del descanso dominical, incluyendo la falta de asistencia a la misa. Predijo severos castigos si la humanidad no corregía su conducta, pero también prometió misericordia divina para aquellos que se arrepintieran. Su llamado fue claro: rezar, hacer penitencia y difundir su mensaje.

El resplandor que rodeaba la aparición emanaba de un gran crucifijo que llevaba sobre el pecho, adornado con un martillo y unas tenazas. Además, la Virgen tenía sobre los hombros una cadena y estaba engalanada con rosas en su cabeza, cintura y pies. Su vestimenta era blanca, complementada con un chal de color rubí y un delantal dorado. Finalmente, tras dirigirse a los niños, la Virgen ascendió por una colina hasta desvanecerse en la luz.

Después de cinco años de rigurosas investigaciones, el obispo de Grenoble, Philibert de Bruillard, proclamó la autenticidad de la aparición. Posteriormente, el papa Pío IX aprobó oficialmente la devoción a Nuestra Señora de La Salette, consolidando su culto dentro de la Iglesia.

Los pastorcillos afirmaron haber recibido dos secretos de la Virgen, uno comunicado a Mélanie y otro a Maximino. Según su testimonio, ambos fueron revelados el mismo día de la aparición, pero se les indicó que no los compartieran entre sí ni con nadie hasta el año 1858, momento en el que debían ser divulgados. Siguiendo las recomendaciones de Monseñor de Bruillard, estos secretos fueron remitidos en 1851 al papa Pío IX.



Continua en  La Iglesia de Santa Catalina (11): la Capilla de Nuestra Señora del Rosario.

jueves, 13 de marzo de 2025

La Iglesia de Santa Catalina (9): el Presbiterio.

 


Por delante del Retablo Mayor nos encontramos con un espacio presbiterial amplio y de fácil movilidad. A ambos lados tenemos dos rejas de hierro que son las que dan acceso a la Capilla Sacramental (lado del Evangelio, habitualmente cerrada) y a la Capilla Carranza o de la Anunciación de la Virgen (lado de la Epístola, habitualmente abierta y da acceso a la Sacristía).


El presbiterio se construye con sillares de piedra y con bóveda nervada a la manera gótica, o, atendiendo a las explicaciones de D. Diego Angulo Iñiguez,  una bóveda esquifada con nervios que, en su primer tramo, es rectangular con apertura a las capillas laterales y, una segunda bóveda, que parte de un octógono, cerrándose en su contorno.

Además de las esculturas mencionadas, el retablo incluye una imagen de la Inmaculada Concepción, atribuida a Alonso Cano o a su círculo, fechada en el siglo XVII. Esta talla se encontraba originalmente en una hornacina sobre el camarín central y fue reubicada tras la reforma del retablo en el primer cuarto del siglo XX. La Virgen se representa con las manos unidas en oración.


Esta escultura de la Inmaculada se encuentra en el presbiterio de la iglesia de Santa Catalina, y que formaba parte del retablo mayor antes de la reforma a que fue sometido éste en el primer cuarto del siglo pasado. Así, la Inmaculada se veneraba en una hornacina que se situaba sobre el camarín central ocupado por la imagen de Santa Catalina. Tras la reforma, se eliminaron igualmente dos pinturas que actualmente se encuentran en el retablo de Santa Lucía.

Esta imagen de la Inmaculada Concepción es una obra en madera policromada fechable en el siglo XVII, y está atribuida a Alonso Cano o a su círculo, mientras que otros estudiosos la señalan como obra del autor del retablo mayor, Diego López Bueno, de entre los años 1625 y 1629. Ha sido sometida a varias restauraciones, como la efectuada por el escultor Ricardo Comas que le retalló el brazo derecho, o la más reciente con motivo de la reapertura del templo, por el equipo Sur Restauración.

La imagen, de acusada verticalidad, presenta la cabeza ligeramente inclinada hacia su derecha, con un gesto de humildad y sencillez acorde al misterio representado. Presenta sus manos unidas en actitud de oración, levemente dirigidas hacia la izquierda, contrarrestando la dirección de la cabeza, consiguiendo así un efecto que le dota de un movimiento contenido, reforzado por la pierna derecha adelantada y el pliegue del manto.

Destaca en esta imagen su esbeltez, que le confiere una gran elegancia. La Virgen, que presenta larga cabellera, viste túnica blanca y manto azul, ya que con estos colores se apareció a Santa Beatriz de Silva, fundadora de la Orden de la Inmaculada Concepción, como especifica el pintor Francisco Pacheco al dictar las directrices sobre cómo debe ser representado este misterio mariano en su obra “Tratado de la Pintura”. Tanto la túnica como el manto están adornados con flores y otros motivos vegetales, ricamente estofados en oro, haciendo referencia a la mujer vestida de sol del capítulo 12 del Apocalipsis, ya que a partir de interpretaciones como la de San Bernardo de Claraval, la mujer apocalíptica que presenta San Juan es identificada con la Virgen María. A partir de este pasaje, muestra también la media luna bajo sus pies, donde encontramos igualmente dos cabezas de ángeles, y un aro de doce estrellas que rodean su cabeza. Completa su iconografía con una hermosa peana de plata que es imagen de la fortaleza y de la firmeza de la fe de María, haciendo alusión a la Torre de David de la letanía lauretana.








Santo Domingo de Guzmán. Siglo XVIII. 
A veces en el presbiterio, a veces en la Capilla de la Virgen del Rosario.



San Francisco de Paula. Siglo XVIII. 
A veces en el presbiterio, a veces en la Capilla de la Virgen del Rosario.



miércoles, 12 de marzo de 2025

La Iglesia de Santa Catalina (8): el Retablo Mayor.



Como hemos visto a lo largo de los siete post anteriores, la Iglesia de Santa Catalina en Sevilla es un monumento emblemático que refleja la rica historia y el sincretismo cultural de nuestra ciudad. Entre sus elementos más destacados se encuentra el Retablo Mayor, una obra maestra que combina arte, fe y tradición.


La construcción de la Iglesia de Santa Catalina data del siglo XIV y fue erigida sobre los restos de una antigua mezquita almohade. A lo largo de los siglos, el templo ha experimentado diversas modificaciones y ampliaciones, reflejando las corrientes artísticas y religiosas de cada época. El Retablo Mayor, pieza central del presbiterio, es una manifestación del arte barroco sevillano del siglo XVIII y es una obra maestra del arte sacro, realizada por el destacado arquitecto y ensamblador Diego López Bueno entre los años 1624 y 1629. Este retablo es un testimonio elocuente de la transición estilística del Renacimiento al Barroco en la Sevilla del siglo XVII, reflejando la maestría técnica de su autor.


Antes de continuar con el propio retablo, no estaría mal contar con algunas pinceladas del autor para conocerlo más detenidamente. Podemos decir de él que Diego López Bueno nació en1568 y murió en 1632, fue un artista polifacético, reconocido por su labor como ensamblador, arquitecto y escultor. Formado en el ambiente renacentista sevillano bajo la influencia de Hernán Ruiz el Joven, su actividad se enmarca en las primeras décadas del Barroco. Además del retablo de Santa Catalina, López Bueno participó en la construcción del retablo mayor de la iglesia del Hospital de las Cinco Llagas de Sevilla en 1601, diseñado por Asensio de Maeda, y en el retablo de la capilla de San Pedro de la Catedral de Sevilla en 1619, que alberga pinturas de Zurbarán.


El retablo se erige en el muro del presbiterio de la iglesia, adaptándose a la arquitectura mudéjar del templo. Presenta una estructura monumental de madera tallada y dorada, organizada en varios cuerpos y calles que enmarcan una rica iconografía dedicada a la vida y martirio de Santa Catalina de Alejandría, titular del templo, obra de los hermanos Sarabia.


La composición del retablo sigue un esquema vertical, dividido en tres cuerpos principales:

1. Primer Cuerpo: En este nivel se encuentran las esculturas de San Pedro y San Pablo, apóstoles fundamentales en la tradición cristiana. Estas imágenes flanquean la escena central que representa un episodio de la vida de Santa Catalina.

2. Segundo Cuerpo: Aquí se ubican las tallas de San Juan Evangelista y San Sebastián, situadas a ambos lados de otra escena pictórica que continúa la narración de la vida de la santa.

3. Tercer Cuerpo: Este nivel culmina con una representación del Calvario, destacando la figura de Cristo crucificado, acompañado por la Virgen María y San Juan.

Cada cuerpo está separado por entablamentos ricamente ornamentados, y las calles laterales están decoradas con columnas salomónicas que aportan dinamismo y movimiento al conjunto.

Como decíamos más arriba, el retablo alberga una serie de pinturas que narran episodios clave de la vida de Santa Catalina de Alejandría, desde su conversión al cristianismo hasta su martirio. Estas obras, de los hermanos Sarabia, son representativas del estilo pictórico sevillano del siglo XVII (1624-1633). Más abajo podemos ver los lienzos con su título correspondiente.


San Juan Evangelista, arriba, y San Pedro, abajo.

La imagen central de Santa Catalina, ubicada en un camarín en el eje principal del retablo, es una escultura de Francisco Ruiz Gijón (1710) de comienzos del siglo XVIII. La santa se presenta con sus atributos característicos: la rueda dentada, símbolo de su martirio, y la espada, instrumento de su decapitación. Viste una túnica dorada decorada con motivos florales y un manto rojo estofado en oro, reflejando su nobleza y pureza.  


San Sebastián, arriba, y San Pablo, abajo.

El Retablo Mayor de la Iglesia de Santa Catalina es una obra de incalculable valor artístico y espiritual. Su rica iconografía y la calidad de sus esculturas y pinturas lo convierten en un referente del arte sacro sevillano. Además, es un símbolo de la devoción de la comunidad hacia Santa Catalina de Alejandría reflejando la profunda religiosidad que ha caracterizado a Sevilla a lo largo de los siglos.

La flagelación de Santa Catalina.


Santa Catalina ante los filósofos.

A lo largo de los siglos, el retablo ha experimentado diversas intervenciones. En 1701, bajo la dirección del arquitecto José Tirado, maestro mayor de la Catedral de Sevilla, se llevó a cabo una reforma significativa que incluyó la remodelación del presbiterio y la construcción de un nuevo camarín para la imagen de Santa Catalina. Durante esta intervención, se añadieron elementos ornamentales y se doraron las yeserías del camarín, así como los nervios de la bóveda del presbiterio.  

El martirio de Santa Catalina.

En el primer cuarto del siglo XX, el retablo sufrió otra modificación notable. Se eliminó la hornacina que albergaba la imagen de la Inmaculada Concepción, reubicándola en el presbiterio. Esta imagen ha sido restaurada en varias ocasiones, incluyendo una intervención reciente por el equipo Sur Restauración con motivo de la reapertura del templo.


Santa Catalina ante el emperador.

La imagen titular de Santa Catalina de Alejandría que preside el retablo también fue restaurada. Esta escultura, de Francisco Ruiz Gijón, fechada en 1710 (como podemos leer en uno de los carteles informativos del templo), fue objeto de una cuidadosa restauración en 2018, coincidiendo con la reapertura de la iglesia al culto el 25 de noviembre de ese año, festividad de Santa Catalina. 

La intervención fue realizada por el restaurador Pedro Manzano, quien devolvió a la imagen su esplendor original. La santa se representa de pie, sosteniendo en su mano derecha la espada de su martirio y en la izquierda la palma del martirio, con una rueda dentada a sus pies, símbolo de su tormento. Además, viste túnica dorada decorada con flores y un manto rojo estofado en oro, reflejando su linaje real. 


Además, el retablo mayor alberga esculturas de San Pedro, San Pablo, San Juan Evangelista y San Sebastián, que también fueron restauradas por Enrique Gutiérrez Carrasquilla. Estas imágenes complementan la iconografía del retablo, enriqueciendo la experiencia espiritual y artística de quienes visitan la Iglesia de Santa Catalina.



Continua en  La Iglesia de Santa Catalina (9): el Presbiterio.

martes, 11 de marzo de 2025

La Iglesia de Santa Catalina (7): la Torre de estilo mudéjar.




La fachada del lado de la Epístola presenta los paramentos lisos de este muro en el que se abre un solo vano de luz a la nave, una portada, la capilla de la Exaltación y la torre. La portada, realizada en ladrillo, cuenta con una estructura simple, presenta un vano apuntado enmarcado por una especie de alfiz. Junto a ella se sitúa la capilla de la Exaltación, adosada a la torre también se manifiesta al exterior, sus paramentos están construidos en ladrillo limpio en donde se abren estrechas ventanas, dos a cada lado, enmarcadas por arcos de herradura apuntados con sus alfices y a su vez por una moldura geométrica. La cubierta está formada por una azotea con su pretil en el que se aprecian el volumen de la bóveda.


La torre, está ubicada en el flanco sur de la iglesia, casi a la altura de la cabecera de la nave de la Epístola y anexa a la capilla anterior, está construida con sillares la zona inferior y de ladrillo la superior, es de estilo mudéjar, de planta cuadrangular y consta de dos cuerpos, el superior se remata con antepecho de almenas dentelladas que ocultan un pequeño cupulino, bajo él se alberga el cuerpo de campanas abierto a cada uno de los cuatro lados por un hueco de herradura apuntado inscrito en su correspondiente alfiz, el cuerpo inferior o caña es el de mayor tamaño, está decorado con pequeños ajimeces ornamentales de arcos polilobulados y alfiz, bajo ellos un gran panel con decoración de ataurique dentro del cual se inscribe una pequeña ventana ciega de arco polilobulado en el lado de poniente, y en el flanco sur una pequeña saetera se abre en el centro de un arco de herradura apuntado.

El interior es de machón central, utilizándose en la cubierta del hueco bóvedas esquifadas rectangulares, ochavadas y de arista, formada por dos cañones apuntados, elementos estos que evidencian una construcción del siglo XIV. Ademas, según afirma el arquitecto y ensayista español Fernando Chueca Goitia, en su obra "Historia de la arquitectura española", la mayoría de estas torres del gótico-mudéjar sevillano no proceden de época musulmana, son cristianas.


La caja de escaleras hasta una altura de tres metros es cilíndrica, haciéndose después de sección cuadrada. 

Los paramentos del edificio se muestran encalados en varios tonos, en las fachadas del ábside y laso del Evangelio se presentan en amarillo albero y los elementos estructurales horizontales y verticales en rojo almagra; los paramentos del lado de la Epístola encalados en blanco al igual que los de la fachada de los pies, mientras que las portadas, capilla de la Exaltación y torre se muestran la primera en piedra, y el resto en ladrillo.


La torre de la iglesia de Santa Catalina, según parece procede del alminar de la mezquita original, que con pocas transformaciones se adapta para campanario, pero a diferencia de otras torres no se le construye un remate con un chapitel azulejado con un remate o veleta cristiana, sino que mantiene sus almenas y sus arcos de herradura. Parece que en Santa Catalina se mantiene el carácter defensivo con almenas y escasos huecos, probablemente por su situación en la muralla. 



lunes, 10 de marzo de 2025

La Iglesia de Santa Catalina (6): el retablo de las Ánimas Benditas en la fachada de la cabecera.



 Existe una placa de mármol en la fachada exterior de la iglesia de Santa Catalina, justo en la cabecera de la capilla Sacramental en la plaza de Ponce de León, que es el único testimonio que ha llegado hasta nuestros días de un primitivo retablo de Nuestra Señora de las Ánimas Benditas. 

Según recogen los archivos, la Hermandad del Santísimo Sacramento y Ánimas Benditas del Purgatorio decidió colocar esta pintura en 1562, acordando años más tarde, en 1610, el exorno del mismo construyendo un altar y rejas.

La inscripción dice así:

"Esta Santísima imagen de Nuestra Señor de
las Ánimas, mandó pintar
aquí la cofradía de las Ánimas
del Purgatorio de esta iglesia el año de 1562
y ahora la dicha cofradía la mandó
adornar con esta reja y altar
siendono Francisco Moreno mayordomo
año de 1610"


La devoción a las Ánimas está íntimamente ligada con la existencia del Purgatorio, que tomó carta de consideración con la aprobación en el Concilio de Trento, celebrada los días 3 y 4 de diciembre de 1563. Según la doctrina tridentina, las almas que estuvieran en el Purgatorio recibían el principal alivio a través de los sufragios de los fieles, especialmente con la celebración de misas en su recuerdo.

Desde entonces, el Culto a las Ánimas del Purgatorio se extendió como la pólvora por toda la Cristiandad. La Iglesia facilitó la creación de Cofradías de Ánimas, con sede en la parroquia, lo que las hacía mucho más fácilmente controlables por ésta que el resto de hermandades, convirtiéndose, junto a las cofradías del Santísimo Sacramento y Rosario, en el tridente devocional que la Iglesia postridentina se encargó de difundir por los cuatro puntos cardinales. Culto a la Virgen, culto al Santísimo y culto a los fieles difuntos para hacer frente a la corriente reformadora.

Influían así en el espíritu de los feligreses, deseosos de alcanzar la Salvación eterna cuanto antes, y se mostraba la necesidad de las misas, limosnas o acciones piadosas por parte de los mortales para salvar las almas en pena, apelando a lo más sentido de cada uno: «Acordaos que vosotros algún día iréis al Purgatorio y si los libráis con la oración, limosna, buenas obras, ellos no serán ingratos, pedirán por vosotros en el Cielo». Se establece de esta manera una relación simbiótica en la que los vivos salvan las almas de los que están en el Purgatorio con misas y oraciones y, a cambio, estos, una vez salvados de las llamas purificantes, interceden por los mortales desde el Cielo. 

De esta manera, las Cofradías de Ánimas llegaron a convertirse en los siglos XVII y XVIII en hermandades de gran importancia.



El documento del mes de marzo (2025) del Archivo de Indias.

 


El documento correspondiente al mes de marzo de 2025 es una solicitud de María de los Ángeles López de León y Taboada al Rey Carlos II (1665-1700), pidiendo que la portería del Consejo de Indias se "prorrogue por otra vida" a su hija, Rosa de Cantos, para evitar que se les despoje de su empleo, según era costumbre en las denominadas plazas juradas.

El Consejo de Indias, máximo organismo en la administración y gobierno de América y Filipinas estuvo compuesto por un número variable de oficiales a lo largo de su historia. Entre ellos estaba el presidente que, nombrado por el rey, era la máxima autoridad. Los consejeros, expertos en leyes o de clases privilegiadas, asesoraban al rey en asuntos militares, económicos, judiciales y administrativos.

El fiscal, generalmente el miembro más joven de este Consejo, velaba por el cumplimiento de las leyes y los derechos de la Corona. Con el tiempo, surgieron otros oficios como relatores, cosmógrafo-cronista, contadores, tesoreros, escribanos, capellán o el portero, entre otros.

María de los Ángeles López recibió la concesión vitalicia de la portería del Consejo de Indias tras el fallecimiento de su primer marido, quien era el titular de la misma, por parte de Carlos II (1665-1700).

Dada la apurada situación de la Real Hacienda en el siglo XVII, arrastrada desde la centuria anterior, era práctica habitual la venta de oficios con las que obtener ingresos extras para la Corona. Con ello arraiga la compra y la herencia por merced (gracia concedida por el Rey) de estos oficios del cuerpo de funcionarios del Estado.


Una de las consecuencias de estas prácticas será el aumento de plazas supernumerarias ("sin plaza fija") de funcionarios del Consejo de Indias, que para 1687 llegaron a ser en torno a 50 de todas las categorías del Consejo.

Varios Decretos de final del siglo XVII intentan poner coto a estas prácticas con la supresión de las plazas que se fuesen quedando vacantes. Sin embargo, el resultado nunca llegó a ser eficaz, ya que la Corona fomentó la continuación de estas antiguas malas prácticas.

Los ingresos de estos oficiales eran muy limitados: al salario aproximado de 40.000 maravedies anuales podían incluirse otras cantidades variables en concepto de "Casa de Aposento", destinado al pago de los alquileres de aquellos funcionarios que tenían dificultades de alojamiento y no contaban con uno en propiedad, así como otras gratificaciones, propinas... Situando estas cantidades en contexto, debemos tener en cuenta que cargos como el de Presidente o Consejero eran remunerados con 1.000.000 y 500.000 maravedíes anuales, respectivamente, sin contar con las otras variables, también significativamente mayores.

Aunque las intenciones de María de los Ángeles eran claras, el fiscal del Consejo de Indias sostuvo que, aunque la portería le había sido concedida a ella por los servicios de su primer marido y en consideración a los hijos que quedaron, la hija por la que solicita el empleo es de su segundo esposo. Por ello, al fiscal le parece que la Cámara debería denegar esta solicitud, aunque aclara que 'resolverá lo que crea más conveniente'. Finalmente, la solicitante obtendrá una negativa, "en los términos propuestos por el fiscal."

viernes, 7 de marzo de 2025

La Iglesia de Santa Catalina (5): la Cruz de Hierro.

 

En el lateral de la calle Alhóndiga se puede observar una cruz de forja que recuerda que en la plazuela existente frente a la iglesia se levantaba un cementerio.

Sevilla es una ciudad de cruces de hierro forjado. 

Las hay de las llamadas  parroquiales o demarcativas (atendiendo a la especial configuración de la feligresía sevillana. Es sabido que el arzobispo don Remondo, en torno a 1261 realizó la remodelación de la Iglesia sevillana convirtiendo 24 mezquitas de la ciudad en parroquias y, si bien los límites parroquiales estaban claros en algunos sitios, en otros ,sobre todo en la zona más despoblada, fue necesario la colocación de cruces que delimitaran administrativamente cada parroquia o collación).

Las hay de las denominadas devocionales,  donde entrarían todas aquellas cruces que se erigieron originalmente para dar culto a la Santa Cruz y que, algunas de ellas, dieron origen a hermandades que regularon su culto.

Existe una serie de cruces que son especiales, ya que aparte de su función sagrada o funeraria, su erección o uso simbólico se aparta de lo puramente religioso


Pero quizás el grupo más numeroso sea el de las cruces que están relacionados con hitos funerarios, debido principalmente a la sacralización de los cementerios parroquiales (que no olvidemos estaban hasta el siglo XIX formando parte del entramado urbano) y a la terrible epidemia de peste que asoló Sevilla en 1649. La necesidad de abrir carneros obligó a sacralizar, así mismo, una serie de cementerios ocasionales para poder enterrar a la enorme cantidad de víctimas que dejó la epidemia. Curiosamente, algunas de esas cruces cuya función era exclusivamente la de señalar y sacralizar el cementerio ocasional, pasaron a ser cruces devocionales, con hermandad propia para darle culto. Haremos una distinción entre las cruces que presidieron los cementerios parroquiales, las de los cementerios improvisados por la peste de 1649 y aquellas cruces que se levantaron para conmemorar muertes violentas. 

Entre las cruces funerarias de los cementerios parroquiales o conventuales merece la pena destacar la Cruz de Santa Catalina, una Cruz de hierro sobre pedestal que presidiría el cementerio parroquial. Actualmente se encuentra adosada a un muro exterior de la iglesia como podemos ver en la fotos.