miércoles, 23 de mayo de 2018

La casa del "encendedor" José Santizo Román.




Sobre la fachada del número 25 de la calle Peñuelas, en plena Plaza de San Román, nos encontramos con este azulejo recordándonos el lugar de la casa natal de Don José Santizo Román.

La historia comienza en 1878. En este año nace José Santizo Roldán, patriarca de una de las dinastías de encendedores de pasos más longeva y reconocida de nuestra Semana Santa. En la actualidad van ya por la quinta generación. Durante más de un siglo, han creado escuela a la hora de alumbrar una imagen y forman parte indisoluble de las hermandades sevillanas, en las que además han desempeñado otros roles, como sacristán, acólito y oficial de juntas.


Ahora un libro recoge por primera vez el legado de estos hombres de la caña. La saga de los Santizo (Editorial Jirones de Azul) es una publicación escrita por Miguel Ángel Santizo Rodríguez. Su autor, biznieto del primer Santizo encendedor, ha escrito la historia de esta emblemática familia, localizada en sus orígenes en la collación de San Román y la Puerta Osario:«Mi bisabuelo encendía las farolas del Centro y era sacristán de la capillita de San José. De la unión de ambas cosas, creó a principios de siglo pasado la figura del encendedor de pasos».

Es Santizo Roldán, quien con sus seis hijos, monta las primeras cuadrillas de encendedores y acólitos profesionales «abarcando todas las cofradías» en los años 30. Entre los llamados «Santizos destacados» hay que subrayar el nombre de Manuel Santizo García, nieto del fundador, exhermano mayor de Torreblanca y hasta hace unos años sacristán del santuario de los Gitanos, su hermandad de cuna. Manuel debutó con apenas 16 años: «El primer paso que encendí fue el del Señor de la Sentencia. Ya, de palio, el de la Virgen del Rocío en 1961», rememora «con añoranza» aquellos comienzos al lado de su padre Miguel, «un hombre poco hablador» del que nunca dejó de aprender: «Lo esencial es tener un buen pulso, porque si se mueve la mano, malo. Pero también influye una buena cerilla, el pabilo y el temido viento», explica mientras dice que en Semana Santa hay días que «coge la calle y no la suelta». 

Él y su hijo Miguel Ángel ha servido a muchas hermandades. Actualmente están en el Dulce Nombre de Bellavista, Torreblanca –su actual barrio de residencia, San Roque –de la que también son hermanos–, Polígono de San Pablo, San Esteban, San Bernardo, Carretería y la Soledad de San Lorenzo. 

De otro lado, la rama de la saga que parte del hermano de Manuel, José Santizo García y sus hijos José y Sergio, también aparece en la obra. A estos corresponde alumbrar los pasos de la Milagrosa, La Cena, la Estrella, la Redención,SanBenito, la Sed, el Baratillo, las Siete Palabras, los Negritos, la Esperanza de Triana, el Gran Poder, La O, el Cachorro y la Trinidad. 

martes, 22 de mayo de 2018

Monumento a la Evolución.




En el interior del recinto hospitalario Virgen Macarena, nos encontramos con este monumento forjado en bronce en una fundición de Camas, tal como indica una de las inscripciones a los pies del monumento, y realizado por el escultor y profesor en la Facultad de Bella Artes Jaime Gil Arévalo.
El monumento lleva el sugestivo título de "Monumento a la Evolución".

Para los que no conozcan la obra de Jaime Gil Arévalo, una pincelada les puede indicar su categoría. El Monumento al Toreo de la rotonda de Camas es obra suya, así como el Monumento a la Constitución de Dos Hermanas. Fue autor de exposiciones como "Las puertas del Infierno" que tanta repercusión tuvo en el mundo artístico, además de ser supervisor de los trabajos de restauración del Giraldillo.












lunes, 21 de mayo de 2018

La mano de Fátima en Sevilla.




Es muy común en los antiguos edificios del centro de nuestra ciudad encontrarse con aldabas en sus puertas como las que vemos en la foto. Se trata de la llamada Mano de Fátima, aunque también es conocida por su acepción árabe, jamsa.

Se trata de una mano de rasgos finos, con anillo o sin él, que sostiene lánguidamente un fruto, como si fuese a dejarlo caer en la mano que se dispone a llamar a la puerta. La simplificación de esta aldaba convirtió el fruto en una sencilla esfera. La mano metálica parece por tanto una mano amable, que al menos teóricamente avisa de la actitud acogedora de los moradores de la casa.

Pero hay quien confiere este uso al símbolo de la cultura popular árabe y judía sefardí, tratándose así de la mano de Fátima o jamsa, que significa “cinco”, en referencia a los cinco dedos de la mano, que representan los cinco pilares de la religión musulmana (la shahada o profesión de fe (شهادة [šahāda], la oración o azalá (صلاة [ṣalāt] cinco veces al día, la limosna o azaque (زَكاة [zakāt], el ayuno o sawm (صَوْم [ṣawm]) en el sagrado mes de Ramadán, y la peregrinación a la Meca al menos una vez en la vida).

Se explica su uso por la protección basada en la leyenda en la que se cuenta que estando Fátima, (la hija del profeta Muhammad) en su casa preparando la cena para su marido Alí, llegó éste con su segunda mujer inesperadamente, Fátima se sorprendió tanto que, dejó caer la mano en una olla de aceite hirviendo (dicen que se sintió celosa). Como consecuencia quedó lisiada de por vida y su padre escogió el símbolo de su mano para inmortalizar aquel suceso.

Es curioso que, en su origen, las casas musulmanas ponían dos aldabas diferentes en la puerta de la casa, una como la que vemos en la foto, a la izquierda de la puerta, que tocaban las mujeres cuando querían acceder al interior del edificio; y otra a la derecha, con forma fálica, para que la utilizaran los hombres. Los sonidos de ambas eran diferentes y se sabía cuando quería acceder un hombre o una mujer y, en función de esto, acudía un hombre o una mujer a abrir la puerta.

domingo, 20 de mayo de 2018

La bomba de la calle Mosqueta.




Cuando paseamos por la calle San Esteban en dirección al centro de la ciudad y alcanzamos la esquina de la calle Mosqueta nos encontramos con un insólito elemento encajado en la pared color albero de la fachada de ésta última.

De material metálico, ya oxidada por el tiempo, y suponemos que sin carga peligrosa, una bomba del siglo XIX (bala de cañón para ser más exacto) permanece a la vista de todos en recuerdo de una batalla reflejada en los anales de la historia como una brillante defensa de nuestra ciudad, se trata del bombardeo de Sevilla de 1843.


El General Espartero era un tipo de esos de quienes suele decirse que están curtidos en mil batallas, con especial predilección por la estopa contra los carlistas en el norte. Tanto se le agradecieron sus servicios, y tanto se los agradeció él a sí mismo, que acabó convirtiendo en una dictadura su cargo de regente durante la minoría de edad de Isabel II.

Reacción del respetable: subirse por las paredes. En Sevilla, la noche del 11 de junio, un grupo de ciudadanos desarmados vitoreando a la Constitución, a Isabel II y a las libertades fueron masacrados por la caballería. El Ayuntamiento, incapaz de apaciguar los ánimos, declaró a Sevilla en rebeldía contra el gobierno, «el más injusto y opresor», y organizó la defensa de la ciudad contra la diplomacia de la pólvora. 

Se hicieron obras de fortificación, acopio de armamento y municiones, la creación de dos batallones francos y el aumento de la Milicia Nacional, así como un hospital de campaña en San Telmo, en definitiva, todo lo que podía contribuir a la defensa de la ciudad.

El primero en llegar fue el general Van Halen, quien se entretuvo a bombazos contra Sevilla en una fecha del año 1843 que empezaba a hacerse fatídica: el 18 de julio. Enseguida se le unió Espartero con su división, dedicando toda la jornada del día 24 a convertir en escombros, a base de zambombazos, toda la zona este de la ciudad.

Testimonio de estos hechos es la granada incrustada en el muro de la casa situada en la esquina de la calle Mosqueta con San Esteban. Fueron 606 bombas y 900 balas.

Tras diversas vicisitudes, Espartero fue declarado traidor y huyó al extranjero, mientras que Sevilla, por su heroica defensa y en nombre de Isabel II, recibió el título de Invicta, representado por una corona de laurel. Y todo esto está inscrito en una pared, en esta que ven en las fotos cercana a la Puerta de Carmona.


martes, 10 de abril de 2018

La fuente dedicada a "Antonio el Sevillano".




Existe en la Macarena, entre la Avenida de Sánchez-Pizjuán y la Calle del Doctor Fedriani, una pequeña calle peatonal con nombre propio, "Antonio el Sevillano". Allí, en uno de sus extremos nos encontramos esta coqueta cuenta dedicada a este gran cantaor flamenco.

La fuente, tal como indica un texto escrito dentro de la fuente, fue levantada por D. Joaquín Sánchez Blanco el 1 de Septiembre de 1989.


Antonio Pérez Guerrero, cantaor payo, más conocido por el nombre artístico de "el Sevillano", nació en Sevilla (en la macarena calle Macasta) en el año de 1909 y murió en Alcalá de Guadaira en 1989. Destacó por sus fandangos personales y de estilo creativo propio, dándolos a conocer en el mundo del flamenco por los fandangos del Sevillano, que fue lo que más cantó por su grandeza de expresarlos.


Vivió en Alcalá de Guadaira desde los nueve años hasta que hizo el servicio militar, y allí aprendió a cantar junto a Joaquín el de la Paula, a quien consideraba su único maestro. Profesionalmente se inició en las reuniones de aficionados de la Alameda de Hércules.

Allí según sus relatos "había siempre ocho o diez cantaores, otras tantas bailaoras y cuatro o cinco guitarristas. Y había que cantar con tos, que ésa era la gracia. Y tirarse de fiesta toa la noche. Y el día. Y te daban cuatro o cinco duros y con eso tenías que vivir". 

Sobre sus fandangos manifestaba: "Yo hago tos los cantes y conozco tos los cantes. Aunque parece que lo que más ha quedao han sío mis fandangos. En mis fandangos lo difícil esté en el final. Hay que recortar, y decirlo tó en un momento. Mi cante es recortao, no se puede alargar".


Su discografía es muy extensa, sobre todo junto al guitarrista Niño Ricardo, y en ella da muestras de su amplio dominio de los cantes, pues aunque el 80 por ciento de sus grabaciones son de fandangos y bulerías, también hay cortes de alegrías, farrucas, estilos de ida y vuelta y soleá.

Pero casi toda su obra está descatalogada. Como su memoria. Porque Antonio Pérez Guerrero es otro maestro desdeñado en esta tierra de los olvidos.

jueves, 8 de marzo de 2018

Una glorieta dedicada a "Los del Río".



En el barrio de Bami, muy cercano al Estadio Benito Villamarín, existe una glorieta en la que convergen una avenida, una carretera y una calle.

A saber, la Avenida Manuel Siurot, la Carretera de Su Eminencia y la Calle Guadaira crean una isla de forma triangular que ha recibido el nombre de Glorieta de "Los del Río" (anteriormente Glorieta de Guadaira), en honor al célebre dúo de cantantes de la vecina localidad de Dos Hermanas.


La glorieta se situa también junto a la Residencia Universitaria Rector Estanislao Del Campo y al Instituto Heliópolis y es poco transitable al estar en el cruce de las tres vías anteriormente citadas y densas en tráfico rodado. Fue inaugurada en 2003 con motivo del 40 aniversario de las carreras profesionales de Antonio y Rafael.

En el centro podemos ver un monolito de granito gris con una placa de bronce con la imagen de los dos artistas mundialmente conocido. Dicha placa fue realizada por Santiago de Santiago.


jueves, 1 de marzo de 2018

El cirineo de San Roque en la calle Imperial.




En junio de 2010, la tertulia cofrade "Cirineos de San Roque" tuvo a bien colocar en la estrecha calle Imperial un azulejo en homenaje a una de las figuras secundarias de la Semana Santa sevillana, el cirineo que acompaña en su paso al Señor de las Penas de San Roque y que representa a todos aquellos que soportan el peso de la cruz (alegóricamente también el peso del paso) en su hermandad.


El azulejo, de pequeña dimensiones, está situado en la parte de la calle más cercana a la esquina con la iglesia de San Esteban y contiene la figura del citado cirineo acompañado, de espaldas, por un costalero de la hermandad. En él se puede leer el texto "Bájate aquí miarma. Cirineos de San Roque. MMX".