lunes, 15 de junio de 2015

El Pasaje González de Quijano.




Junto a la Alameda de Hércules se construyó en el año 1879 el poco conocido Pasaje de González de Quijano. En el citado año se creó el pasaje y se edificaron algunos edificios sobre unos terrenos desamortizados al entonces Convento de Belén situado en este lugar.

El Pasaje significó en su momento un signo de modernidad de la ciudad, por lo que ya tiene cierto aire de reliquia que nos ayuda a entender cómo ha de funcionar una ciudad en un momento histórico determinado.
Actualmente es un pasaje tranquilo, silencioso y con tránsito preponderantemente peatonal.


Pero entrados ya en materia, quizá algunos de ustedes se pregunte, tal como me he hecho yo mismo, quién fue este señor apellidado González de Quijano y cuyo nombre, Trinitario, es actualmente casi inutilizado. Descubrámoslo.

Trinitario María González de Quijano era vasco de origen,  nació en Guetaria en 1807 y murió en Alicante en 1854. Fue político y Gobernador Civil de Alicante y fue famoso en su tiempo por la siguiente labor que vamos a narrar, ya como gobernador.

El 16 de agosto de 1854, es nombrado oficialmente Gobernador Civil de Alicante a la edad de 47 años. Su predecesor en el cargo, D. José María Montalvo, había dimitido unos días antes por problemas políticos en el país.

Una semana antes, el 9 de agosto de 1854, se produjeron en Alicante los primeros casos de una extraña enfermedad: el cólera morbo. Este trastorno infectocontagioso del intestino delgado se trasmitía a través de la comida y el agua contaminada de la ciudad. En apenas unas horas, los alicantinos que enfermaban pasaban de los vómitos, diarreas y calambres, a la muerte. Más de 18.000 habitantes fueron infectados en los primeros días.

Una parte importante de la población había escapado a los pueblos y fincas de los alrededores, pensando que la enfermedad quedaría atrapada entre las murallas de Alicante. Pero se equivocaron. La plaga acabó invadiendo toda la provincia. La ignorancia sobre el cólera y la falta de higiene entre los alicantinos, provocaron 1964 muertes en los 47 días que duró la epidemia.

El 23 de agosto de 1854, Quijano publicó un edicto en el que obligaba la apertura de todos los establecimientos públicos y tiendas de comestibles, advirtiendo duros castigos y sanciones a los especuladores que vendan artículos de primera necesidad a sobreprecio.

Ese mismo día, escribió al obispo de la diócesis, Félix Herrero Valverde, denunciándole por la huida de la ciudad de la mayoría de los sacerdotes e instándole a que les obligara a retornar y que se personase en Alicante en un plazo de 48 horas para ayudarle a confortar a los enfermos y dar ejemplo. En su frenética actividad, se reunió con los facultativos para poner en marcha un plan de asistencia médica dando de su propio bolsillo dinero a las familias más pobres para que compraran alimentos. Es entonces cuando redactó otro edicto en el que obligaba a la fabricación de horchata de arroz día y noche para servicio público y de enfermos.

Quijano también mandó despachar recetas gratis de medicamentos (que luego abonaría el Gobierno), concedió ayudas económicas de tres reales diarios a las familias consideradas pobres de solemnidad, otorgó exención del pago de tributos y prohíbió los cordones sanitarios que mantenían aislado a Alicante. Todo ello, mientras acudía a visitar a los enfermos, que textualmente se le morían en sus brazos.

El desempeño ejemplar de sus funciones llegó pronto a oídos de la corte de Isabell II, que le concedió el 5 de septiembre la Gran Cruz de Isabel La Católica. Pero él siguió con su actitud heroica, estableciendo guardias de tres médicos y cuatro practicantes en los bajos del Ayuntamiento entre las diez de la noche y las cinco de la madrugada. El 14 de septiembre, exhausto y agotado por sus viajes a través de la provincia de Alicante, enfermó de cólera. Los médicos tuvieron la amarga decisión de diagnosticarle la infección cuando ya remitían los síntomas entre la población.

Delirando y entre grandes sufrimientos, expiró a la una y cuarto de la madrugada del día 15 de septiembre. Fue enterrado en el panteón de la Iglesia de Santa María de Alicante.

Muerto Quijano, nacía su leyenda, que aún hoy perdura.

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